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Viene de La Misión (3

Paco empezó a sentirse muy incomodo con aquella pregunta que le parecía una intromisión y una impertinencia.
-Señor alcalde, con todos los respetos –empezó –creo que estas cosas son de un particular muy intimo y…
-¡Un momento, Paco un momento! le interrumpió don Prófito, mientras le ponía la mano sobre la rodilla para que se calmara-. No te enfades, se trata de un asunto muy serio e importante.
-No me enfado y no tengo nada que decir, prosiga don Prófito.
-¿No te ha dicho en alguna ocasión que sólo dispone de dinero cubano?

A Paco Real le cambió el color de la cara y se puso muy tenso.
-No me respondas, ya veo que sí. A mí me dijo lo mismo.Los dos hombres se miraron y se hablaron con los ojos. La jugada era completa.
-A mí me pidió prestadas cien mil pesetas –dijo don Prófito.
-Y yo le presté cincuenta mil –añadió Paco con voz débil y un tanto descompuesto.
-Pues a Mateo le pidió ciento cincuenta mil. Cuando me lo comentó empecé a sospechar. El señor Scotters le contó la misma historia. De nuevo se miraron y no hicieron falta palabras. Los dos hombres se levantaron y salieron de casa bruscamente, como impulsados por un resorte.

Andando muy deprisa, y puestos de acuerdo sin haber pronunciado palabra, se encaminaron al colmado de Mateo donde este ya los esperaba. Y sin hablar una palabra se fueron directamente al lugar donde está la caja fuerte, la abrieron y sacaron el paquete misterioso. Todo su respeto por el sello de Cuba había desaparecido y lo rompieron si más comentario junto con la envoltura. Todo lo que encontraron fue papel, doblado con esmero y periódicos que no eran de Cuba. Y nada más, ni billetes ni bonos. Los tres hombres permanecieron en pie y callados. Se miraban unos a otros y otros a uno pero sin palabras. Será que en ese momento cualquier hombre se siente en el mayor de los ridículos y comprende la simpleza social que representa. Paco Real había cogido un puñado de aquellos papeles y los estrujaba entre sus dedos mientras crujían sus dientes.
-Cálmate Paco –dijo don Prófito con mucha tristeza –Nunca me han hecho gracia los forasteros que vienen a este pueblo.
-Pero, es que este tío conocía toda la historia de mi hermano Juan.
-Y que tiene un pico de oro, porque es un gran orador –dijo Mateo  -tal vez no hemos mirado bien.

Y de nuevo los tres hombres volvieron a remover los papeles, pero el resultado fue el mismo.
-¿Paco, sabes donde podemos encontrarlo esta noche? 
-No.
-Entonces me parece que ya no volveremos a verlo nunca más.
-El maletín y algunas cosas personales aún están en casa –dijo Paco.
-Sí, pero nos ha dejado esto, un buen recado –dijo don Prófito señalando los papeles esparcidos por el suelo. 
-Vallamos a casa y avisemos a la policía sin perder más tiempo -dijo con toda sensatez el señor Mateo.

Y así lo hicieron, pero como dice el refrán, “después del burro muerto, la cebada al rabo” sabían que no les iba a servir para nada. Reunidos los tres hombres en casa de Paco, recibieron al policía que llegó y se puso a las órdenes del señor alcalde. Hacía una media hora que esperaban sin saber qué hacer. Meditando y repasando lo que les había sucedido, ya se temían ser el hazmerreír de todo el pueblo cuando se descubriera la pasada del señor vestido de negro. En estas meditaciones estaban cuando sintieron un ruido de botas entrando por la casa. Era el señor Scotters que llegaba muy tranquilo, relajado, y muy ajeno a lo que se cocía sobre él. La reacción de los tres hombres fue la misma. Se sentían atemorizados y avergonzados. Tenían la sensación de estar cometiendo una injusticia con una persona honorable. Tal vez podía explicarlo todo. Con aquel sentimiento de ridículo y temblando se sentaron. Fue entonces el policía el que se encaró con el señor Scotters y le explicó el motivo de su presencia en aquella reunión.

Por supuesto que el señor Scotters se sorprendió y se sintió herido por la poca confianza que le tenían sus amigos. Cómo podían dudar de su caballerosidad y honradez. ¿Acaso no se había comportado en todo momento cómo un buen amigo? ¿No había echo un incomodo viaje sólo por hacerles un favor a ellos? Y el recuerdo de Juan. ¿No se había echo todo por respetar la voluntad del difunto?

La oratoria, bien calculada y penetrante, empezaba a hacer su efecto en los tres hombres cómo responder. Pero Marta que observaba desde la puerta, echó a llorar. Pero aún así, el señor Scotters, se defendía. ¿Pero qué había echo él para qué lo humillaran de esa forma? La magia de sus palabras tenía cierto efecto y por eso continuó en la misma línea. Él no había tenido ningún reparo en dejar los bonos para que los custodiara Mateo. Hasta ese momento su palabrería parecía consistente, se diría que positiva, pero cuando cuestionó los bonos, los tres hombres, como uno solo, alzaron la cara y le miraron a los ojos. Se quedó sin palabras, titubeante, y comprendió que lo sabían todo. No se imaginaba que hubiesen tenido valor y destreza para violar el sello de lacre. Pero lo habían echo. En consecuencia todo ha terminado. Por momentos se puso muy nervioso, levantó las manos en ademán de impotencia, hizo una reverencia muy cortes y salió de la habitación junto con el agente que le acompañaría hasta el reten municipal.

Al día siguiente, todo el pueblo de Fuentenelo conocía la historia y todos sus habitantes tenían un aspecto muy despierto. Había movida, un interés poco sano por conocer el día de la vista. De hecho, había tanta expectación que el juez dispuso llevar el caso en el parque del pueblo y con jurado popular.

Todos los hombres y prohombres importantes del pueblo y sus alrededores acudieron a la vista. Hasta el general Ricardo ya en reserva, se sentó en la tribuna, pues aún conservaba una posición distinguida en la profesión legal. El viejo capitán Carmona llegó hasta el juez y le estrechó la mano. Después, tomando como cosa suya la situación saludó a la concurrencia con un saludo de brazos alzados que era como saludarse a sí mismo, y les agradecía la asistencia como si él los hubiera invitado a presenciar el juicio. El viejo notario también llegó renqueando y se sentó en la tribuna sin que lo invitaran. Es que la vista prometía un gran día y todos estaban muy despiertos.

Primero hubo uno de faltas por la discordia de un pozo de agua para los ganados. Nada de importancia. El caso fue oído sin ningún interés, pero el caso del Estado contra Joseph Scotters fue recibido con un silencio sepulcral. Se le acusaba de haber obtenido dinero con fraude y engaño, pero el buen señor se declaraba inocente. Comparecieron los testigos y se les tomó declaración. El señor Scotters, que se hizo cargo de su propia defensa, se abstuvo de hacerlo. La parte fiscal, expuso el caso y un resumen de las declaraciones de los testigos. Al no haber cuestión por parte de la defensa, el fiscal del Estado pronunció un breve discurso y expuso de forma clara la culpabilidad del acusado. La situación era tan clara como la luz del día, las cosas parecían estar muy negras, pero que muy negras para el señor vestido todo de negro.

Cuando el abogado del Estado hubo terminado con su discurso, el señor Scotters pidió permiso para decir unas cuantas palabras y el permiso le fue concedido.Se puso en pie frente a la audiencia con su porte esplendido y enérgico de negro profundo impecable, miró al juez, al jurado y a los espectadores  con una manera divertida y aire desafiante.
-Me he declarado inocente –dijo en un tono bajo y una voz clara -, porque no he causado ningún daño a nadie de esta comunidad, aunque es posible que haya quebrantado la ley. Es cierto que para la estafa me he servido de cierta información, y también me he servido del sello que guardaba desde que ocupaba un cargo en el gobierno, pero creo que han sido la vanidad y la avaricia de estos hombres las que lo hicieron posible.  Es más, no fue nada premeditado, habéis de saber que me encontraba a sólo unos kilómetros de este pueblo cuando se me ocurrió la idea, me encontraba mal, muy mal, en una situación desesperada. Con mi actuación pasé el umbral de la pobreza y mejoró mi situación. ¿Es eso un crimen?

Todos los presentes, hasta los vagos que habían abandonado la estación para ver el espectáculo, todos, contuvieron el aliento. Era la primera vez en la historia del pueblo, en que un delincuente se expresaba con tal audacia.

Scotters se animaba, más y más a medida que avanzaba con su discurso. Le resultaba hasta divertido observar desde donde se encontraba la elocuencia divertida de algunas sonrisas en las caras de varios de los presentes incluido la del general Ricardo.
-Caballeros, hemos oído al fiscal pedir mi encarcelamiento, pero yo sostengo, que en vez de encarcelarme deberían estar agradecidos por el resultado. ¿No ha sido esto una lección de humildad? ¿No ha quedado bien demostrado el alcance de credulidad de estos ciudadanos? ¿Y no he conseguido destapar su nivel de vanidad para que en el futuro sean más cautelosos con los desconocidos?

Hasta el juez atendía con agrado aquella defensa del reo. Los miembros del jurado atendían sin comentar como les exige su condición, pero movían la cabeza en señal de asentimiento. Scotters, detectó el momento como ideal para lanzar su mejor carta y así lo hizo. Puesto en pie, como estaba, levantando su maravillosa voz gritó.
-Caballeros, reconozco que soy culpable si se sigue la ley al pie de la letra, pero tengo que apelar y apelo a los hombres que han hecho y hacen las leyes. Apelo a la hidalguía de todos los caballeros presentes y ausentes de este pueblo que han hecho historia que se canta en canciones. Apelo a los hombres misericordiosos, a los aristócratas. Apelo a ustedes por el sagrado apellido de los Olivares… y de repente, el viejo general se puso en pie y se cuadró. …de los Dorados…, y el antiguo juez se puso en pie sin ponerse las gafas por que no las encontró. …de los Carmona… y el capitán se puso en pie e hizo el saludo reglamentario al general. Y apelo a ustedes, señores del jurado, cuyos padres dieron sus vidas por ganar un trozo de pan en esta tierra. Apelo a todos ustedes. Estos hombres que me acusan, mírenlos, son victimas de ellos mismos.

Cuando hubo terminado Scotters con su discurso, de nuevo se hizo un silencio de cementerio. El juez, dio lectura de todos los cargos al jurado.

Los miembros del jurado estaban de acuerdo en que Scotters había dado una lección importante a los negreros. Había hablado de las tradiciones con respeto, había reconocido y rendido homenaje a las familias importantes y distinguidas del pueblo. Bueno, pues después de todo, el tipo valía. Ni se levantaron de sus asientos. Todos por unanimidad: inocente.

Scotters, por supuesto, dio las gracias al tribunal y al jurado y empezó a caminar muy despacio, pero sin saber cómo se encontró cara a cara con sus tres victimas bien acompañados de una cuadrilla de los vagos que había en la plaza y que parecían un poco nerviosos. Sin pensarlo dos veces se volvió atrás.
-Creo que me quedaré por un rato junto al tribunal hasta que las cosas se calmen –dijo dirigiéndose al general Ricardo.
-No será necesario, señor –dijo, llamando a su cochero- , lleva al señor Scotters a donde quiera y recuerda que te hago responsable de su seguridad.  
-Sí, señor, lo que usted ordene –dijo el cochero
-Mil gracias, señor –dijo el hombre de la misión.
-No hay de qué señor. Por cierto, estuvo muy bien, más que bien, yo diría acertado con el discurso de esta tarde. Ha sido de una elocuencia total y directa. Si fuera tan amable, por su parte de darme su dirección, le enviaría la historia de nuestra familia desde la época en que hizo de notar.

El señor Scotters le dio la dirección y envió una suave sonrisa a sus tres enemigos que esperaban en el extremo del parque acompañados de una cuadrilla de vagos de la estación.
-Pues precisamente nos vamos a la estación –dijo dirigiéndose al cochero.                 

               

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