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Más arriba, la casa de los muchachos. Digo esto, porque la puerta estaba siempre abierta para todos los muchachos de la calle, además de los propios. Era Juan de la Cruz Camacho, conocido como “Pincha bolas”, (que era el apodo de su padre), con su esposa Antonia, y sus  cinco hijos.  El mayor, “Manolillo”, murió años después haciendo el servicio militar en Santa Cruz de Tenerife, parece que de muerte natural, o por  lo menos, así se lo dijeron a la familia. Pero eran malos tiempos para fiarse de comunicaciones oficiales, si no interesaba decir la verdad. Seguían la Petra, Maximino, Manolita y Emiliana.
 
Por encima, Valentín de la Plaza, pero como estaba de mayoral de labor en Las Norias, allí vivió el “Granaero” y su esposa Pilar, con sus hijos Cesáreo y hermanas.  Después; Juanillo el de la Elena recién casado. 
 
Más arriba, Antonio Parrilla del Campo, (“Antoñón”), y su hijo Francisco y esposa Aurelia, con su tres hijos: Antonia, “Fili” y José Antonio. Cuando terminó la guerra, a Francisco, por el delito de haber sido concejal, lo metieron en la cárcel. Como vivían del campo, se quedaron desvalidos. Entonces vino un hermano del preso llamado Fulgencio, que vivía fuera, con un niño que se llamaba Antonio, habido, según los indicios, de forma circunstancial, o irregular, pero que su padre se hizo cargo de él. Fulgencio se encargó de la laborcilla acompañado de José Antonio, todavía un niño. Fulgencio estaba delicado, y antes de que su hermano saliera de la cárcel, murió en la casa.  Otra imagen muy viva es el llanto inconsolable del sobrino, José Antonio.
 
Por encima vivía Juan Antonio García, el “Torraos”, y Braulia su mujer, con sus dos hijos Tomás y Pepe.  Eran herreros, y tenían la fragua en la calle General Espartero, esquina a la calle del Oro.  A este pequeño local, después le cambiaron la puerta a esta calle.  Mi padre iba a esta fragua a que le hicieran las faenas inherentes a los aperos de labranza, y demás utensilios del campo. Yo acompañaba a mi padre cuando iba a aguzar las rejas, y mientras él y otros dos machacaban el hierro candente, dirigidos por el maestro, yo tiraba del fuelle para avivar el carbón. Sólo había que tirar de una muletilla situada en la punta de una cadena colgante, que pasaba por una polea, y al aflojar, las pesas, que eran cañoneras de rueda de carro, situadas bajo la parte móvil del fuelle, abrían este artefacto retrocediendo la cadena. Me resultaba extraño en esta familia, que los hijos llamaban de “tú” al padre, cosa que entonces no se estilaba; en general todo el mundo llamaba a sus padres de “usted”, según les habían enseñado. Entre los de mi edad, ya había división de opiniones, y unos los trataban de una manera, y otros de otras. Personalmente estaba en un dilema. Por una parte parecía obligado a seguir la costumbre por respeto, pero no me salía el tratamiento; y por otra, el tuteo me parecía un sacrilegio. Así fue que ni una cosa ni otra, sino una fórmula intermedia, bastante incómoda.

Más arriba, vivía Juan José Morales, “El Romo”, que era panadero y agricultor, con su mujer y sus tres hijas, María Juana, Manuela y Encarnación.

En la siguiente casa vivía una familia que sufrió el terrible azote de la tuberculosis, sin posible tratamiento entonces, y en la casa que entraba, pocos miembros de la familia se libraban de este mal. Aquí la Parca se ensañó. Sólo recordaba el nombre y apodo de la ma-dre, María Josefa “La Correa”, y de una de las hijas, Agustina; pero José Antonio Parrilla, mencionado más arriba, me ha refrescado la memoria, y me aclara que eran Agustina, Benita y Julián, los tres hijos muertos en poco tiempo. Tres hijos, tres, entre los 14 y los 18 años. La muerte del padre Luciano, no se hizo esperar; yo no sabría decir si fue también de tuberculosis o de otra enfermedad, pero José Antonio me asegura que murió de pena. En poquísimo tiempo murieron todos menos la madre: las hijas, el hijo, y el marido. Total cua-tro.  ¡Cuánto debió sufrir esta mujer el tiempo que le restaba de vida!. Mejor haber muerto con ellos.
 
Más arriba, Camilo Cortés, “El Calderero”, con su mujer, Guadalupe, y sus cuatro hijos: Miguela, Maximino, Benildo y Camilillo.  Vivía también el abuelo, el padre de la Guadalupe, llamado “El Tío Cañamón”. Después la esquina de la Saturnina, viuda de Cantero, con la puerta de la calle a la vuelta, en la Cruz Verde. Aquí vivía también Juan Pedro “Jotita”, con su hija pequeña, la “Mere”.  Estimo se llamaría Emerenciana o algo así.
 
Pasamos la bocacalle, y después de la  esquina, que era de la Benedicta la del Rufo, con puerta a la otra calle (Cruz Verde), vivía Juan Francisco Ejido, que cojeaba bastante, con su mujer, Manuela “la Cachetas”, y su hijos Juan Andrés y Julián, que llamábamos “el Cano”, por el color del pelo, que era de un rubio deslavazado.
 
Seguía un pequeño cuchitril, que después sería habitado por Tomás García, el herrero,  cuando se casó con Emilia, y a continuación la portada de Candelario Córdoba, cuya puerta principal quedaba en la calle Cruz Verde.  A partir de aquí un par de casas, relativamente nuevas, según se detalla.

Más arriba de la portada, la casa de Agustín Muñoz del Campo, “El Patatón”, con su mujer la Máxima, y sus hijos Luis, Amparo, Adoración, Amalia,  Julián y Agustina. Julián no jugaba con los demás muchachos porque estaba enfermo no sabemos de qué y no llegó a ser adulto. La gente se moría sin saber de qué; simplemente que estaba malo.

Finalizaban las casas con la del “Trillaor” y su mujer, Gregoria, donde vivía además su hijo Pablo (“Pablete”), y su mujer Natalia, que no tenían hijos. A la Gregoria la recuerdo con un pañuelo hecho banda, puesto en diagonal y atado atrás, cubriéndole parte de la frente y la cuenca de un ojo, que seguramente le faltaba. Era costumbre por entonces, caso de perder un ojo, cubrirse la cuenca vacía con una cortinilla de color negro, pendiente de una cinta del mismo color que pasaba sobre la frente y se anudaba en la nuca. Creo recordar que esta mujer también usó cortinilla en ocasiones. Por encima de esta casa solamente estaba la era antes de llegar al camino que atraviesa, y emparejando con la era y la casa, por detrás, una cerca que sembraban de cebada, llena de ortigas, malvas y cardanchas, utilizada para evacuar los vecinos de por allí, bordeada por el camino transversal, y por los corrales de la calle Cruz Verde y de la última casa de la calle del Albaicín. Desde aquí nos volvemos, para coger la otra acera desde abajo. 

Acera de los impares.-  Después de la esquina  y portada de Samuel, en la primera casa habitada vivía Eleuterio Muñoz, “El Esquilaor”, con su mujer María del Valle Valverde, y sus hijos Manuel, Casto y Eleuterio (“Luteriejo”).
 
En el número 3, Candelario Ginés, “El Viñaero”, y su primera mujer María Inés (“Marinés”), y una hermana de ésta, de pocas luces, que se llamaba Trinidad.  Murió “Marinés” y Candelario se volvió a casar con Elvira Camacho. En esta casa viviría después mi tía Aniceta con toda su familia, y aquí moriría mi tío Benito pocos años después.
 
En el número 5, Juana, la tía de mi padre con su marido Aniceto, que moriría poco después de muerte súbita en el campo, y donde viviríamos nosotros hasta 1937; después  mi tía Candelaria y familia. Menos mi primo Gumersindo, aquí nacieron cuatro hijos más de mis tíos: primero dos melguizos que murieron pronto. Después otro varón, bautizado con el nombre de Anastasio, creo que tendría unos dos años escasos cuando murió. Recuerdo a esta criatura ya casi en estado de agonía, con la cara cadavérica, y un hipo que no cesaba. Finalmente nació mi primo José. Esta casa y la anterior fueron adquiridas en tiempo muy posterior por Ángel Torres, y en la actualidad forman una sola casa con la anterior.
 

El número 7 era la  casa de  mi abuelo José, donde él vivía con mis tías Candelaria y  María del Valle; y a partir de 1937, mi tía María del Valle y nosotros, por habernos tocado en suerte a mi padre y a mi tía Mª del Valle una mitad de esta casa a cada uno, después de la muerte de mi abuelo, este mismo año.

Más arriba, con una separación entre puertas como de un metro, tenía su residencia Aurelio Muñoz Ruiz y la Paca, Guardas del Rencojo, que venían de tarde en tarde. Luego vivió Silvestre Lozano con su mujer Dolores la hija de “Acuña”, y sus hijos Rosario, Carmen y Román, después apodado “El Abuelo”. Más tarde vivirían Francisco Tarazaga Muñoz (“San Antón”) y su esposa Marcelina Moreno, con una niña llamada Emilia.

Más arriba, Miguel Ceprián, “El Torero”, con Braulia su mujer y sus hijas María Josefa y Manuela, no sé si Elvira. Antonia y Miguel nacerían después en otro sitio . Después vivió aquí Luciana del Campo Mejía, viuda, con sus hijos Elías, Cayetano, Antonio, María del Valle y Gregorio.

Por encima, Manuel Poveda, “Rabanillo” y su mujer Dionisia, y sus hijos “Manolilla” y Juan Antonio; la otra vino después. Creo que también vivía el abuelo, padre de Manuel.

A continuación, Juan Antonio Verdejo del Valle, “El Chivero”, lo recuerdo viudo, con sus hijos Vicente, que murió en la guerra, Segundo, Isabel, y Doroteo.

Seguía Francisco Ceprián, “Pelusa”, con su mujer María Josefa, y su hijo Juan Antonio. Los demás estaban casados y vivían en otro lugar.

En la siguiente, Gabriel Muñoz, “Cebollas”, con sus hijos María, Domingo, Emiliano y “Juanillo”.  Después viviría su cuñado Gabriel Hernán, “El Serrano”, con su segunda esposa, Aquilina, y los hijos. Lucio, del matrimonio primero, y Emiliana, Sinivaldo, Gabriel, Francisca, y Cristóbal, que ahora se llama Cristina, según me han dicho.

Más arriba Atanasio Muñoz y la María Sabina Mascuñano, con sus hijas Alejandra y Anastasia.

Un paso más, y nos encontrábamos con Gregorio del Campo González “Zorrilla” y su segunda esposa, más su hijo Natividad y su nuera Engracia, acompañados de sus hijos José, Juana y Aurora. 

Otro salto y allí estaban Emilio Ginés, “El Viñaero” y su esposa María Jesús, con sus hijos, Juan Francisco y “Joseillo”, (a la hija mayor no la recuerdo soltera).

Al lado estaba Antonio Victoria “Peneque”, con sus tres hijos Manuel, José y Antonia. Pasando el tiempo esta casa sería objeto de permuta con la de Marino Parrilla, invirtiéndose los domicilios de ambos propietarios.

Sobre la anterior, tenemos la casa de Darío y la Encarnación, con sus hijas Alfonsa y María San Pedro (“Sampedrillo”).  También vivían José y la Flora, con las hijas de José, Saturnina y Virginia, que compartían la casa.

Sobre la anterior, la casa de Felipe Orellana, (“Felipillo el Rapao”), y su mujer  Juana “La Ronquilla”, con sus hijos varones Aurelio, Ángel, y Miguel. Las hijas ya estaban todas casadas, creo.
 
Después de esta casa, y hasta llegar al camino transversal, existían dos casas, como suele decirse, “en alberca”, o sea, que se habían construido las paredes exteriores, y nada más. La primera, que decíamos del Tejero, estaba levantada en toda su altura para suelo cuadro y encamarado. La segunda, que decíamos de Agapito, solamente hasta enrasar con el suelocuadro. Estas construcciones nos servían a los muchachos para nuestros juegos de escondite. Quedaban frente a la  era y casa del “Trillaor”, y por la espalda estaba la era de Atilano, con gran movimiento de actividad en época de recolección, por cuanto esta casa, (la de Atilano), solía tener un mínimo de dos o tres yuntas durante todo el año, con los correspondientes gañanes, y unos cuantos operarios de los llamados jornaleros. Eran gañanes fijos Julián “Chorchas”, y Victoriano “Farraque”, el primero como mayoral de la  labor.
 
En la era de Atilano.- Voy a contar un hecho que pudo ser grave en esta era.  Siempre empezaban la trilla antes que otros labradores de menor hacienda. Estaba de “trillaor” Benildo Cortés, “El Calderero”, y yo, atraído por la novedad en la temporada, me acerqué y monté con él en la trilla. Cuando llevábamos unas cuantas vueltas, me dijo: quédate tú trillando, que yo voy a beber agua.  Me acomodé en el asiento, y antes de apearse, me dijo: este mulo se llama... (no recuerdo el nombre), y éste, -dijo-, se llama Rojo, justo al tiempo que se apeaba, cogiendo la cola del animal, que iba al exterior. Coger la cola del macho, y éste soltar un par de coces, todo fue uno, y le alcanzó nada menos que en la cabeza, y cayó al suelo. Yo creía que lo había matado. Paré la yunta y salí corriendo a avisar a los gañanes, que corriendo vinieron a auxiliar al muchacho. No me acuerdo de más. Pero fue lo que se  suele decir un milagro, porque cuando las herraduras tocaron la cabeza de Benildo, el recorrido de las patas del animal habían llegado al final, con lo que el golpe fue mínimo. Unos piquetes de poca profundidad producidos por los clavos de las herraduras.  Si está dos centímetros más cerca del animal, Benildo no queda para contarlo.
 
NOTA: El presente trabajo tiene por objeto rendir homenaje a una extraordinaria vecindad en unos tiempos difíciles, cuyo comportamiento ejemplar y humano, hoy no habitual, caló hondo en el sentir de un niño y que ha perdurado hasta la vejez. Es el agradecimiento a tantas bondades concentradas en unas personas admirables de muy grato recuerdo para quien esto escribe.
Advertencia: Si utilizo los apodos no es porque me guste, y menos por ofender, sino por llegar directamente a la memoria y el conocimiento de quienes nos lean, con una distancia de setenta años de promedio. Por tanto, pido disculpas.

 

 
 
 
 
 
 
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